Iglesia Parroquial de Nuestra Señora de las Lindes

La iglesia de Nuestra Señora de las Lindes es la parroquia de Suances y el edificio que ordena su plaza principal. Se levantó en el siglo XVII sobre un templo medieval anterior, y desde entonces no ha dejado de reformarse: cada siglo le ha añadido algo, le ha quitado otra cosa o le ha cambiado la piel. Lo que se ve hoy es el resultado acumulado de cuatrocientos años de obras, y merece la pena saber leerlo.

Retablo mayor y altar de la iglesia de Nuestra Señora de las Lindes de Suances, bajo la bóveda de la capilla mayor
Puerta principal de madera de la iglesia de Nuestra Señora de las Lindes de Suances, con la talla de la Virgen sobre el dintel

El retablo mayor, reconstruido entre 1945 y 1947, y la puerta principal de acceso al templo.

Dónde está

En la calle Quintana, junto al antiguo Colegio de San José y a pocos metros del edificio del Ayuntamiento, en el entorno de la plaza de Viares. Es decir, en el corazón cívico del pueblo: iglesia, ayuntamiento y escuela, los tres poderes del Suances de hace un siglo, a la vista unos de otros.

Vista de la iglesia de Nuestra Señora de las Lindes de Suances desde el parque, con la torre campanario entre los árboles bajo un cielo nublado
Vista de la iglesia de Nuestra Señora de las Lindes de Suances desde el parque infantil trasero, con la torre campanario entre los árboles

La iglesia vista desde el parque, con su torre campanario asomando entre los árboles.

Cuatro siglos de obras, con fechas

La fábrica actual es del siglo XVII y se construyó sobre los restos de un templo medieval anterior. A partir de ahí, la secuencia de reformas está documentada con una precisión poco habitual:

La capilla mayor se intervino en 1623 y de nuevo en 1744. La torre, en 1687 y en 1737. La nave, en 1705. Ya en el siglo XVIII se adosó al edificio un espacio destinado a escuela de gramática y primeras letras —la parroquia como centro educativo del pueblo, dos siglos antes de que Gómez Quintana levantara el colegio de al lado—. El siglo XIX trajo nuevas intervenciones sobre el conjunto.

Y la última gran reparación es reciente: en las décadas de 1950 y 1960 se levantó el revoque y se forró el campanario con cantos rodados. Ese revestimiento, que hoy sorprende a más de un visitante, no es original ni antiguo: tiene poco más de medio siglo.

Fachada lateral y torre campanario de la iglesia de Nuestra Señora de las Lindes de Suances, bajo un cielo tormentoso
Torre campanario de la iglesia de Nuestra Señora de las Lindes de Suances, con la cúpula rematada por un reloj

La torre campanario, con su cúpula y reloj, revestida de cantos rodados en la reforma de los años 50 y 60.

Cómo es el edificio

Planta rectangular con una nave de cuatro tramos con capillas ornacinas, cubierta por bóvedas de yesería de medio cañón y cabecera semicircular. A la altura de la capilla mayor se adosan otras dos capillas. A los pies se alza la torre campanario, de planta cuadrada, rematada por una cúpula con reloj.

El modelo no es local: la iglesia sigue las pautas que Juan de Nates había fijado para la arquitectura religiosa en Castilla, una referencia que explica su sobriedad de líneas y su planta.

Vista general del retablo mayor y la cabecera semicircular de la iglesia de Nuestra Señora de las Lindes de Suances, con las capillas laterales adosadas

La cabecera semicircular y las dos capillas adosadas a la altura de la capilla mayor.

Qué mirar dentro

Lo más valioso del interior son dos piezas del siglo XVII supervivientes del antiguo retablo mayor: una imagen de Cristo crucificado y un bajorrelieve del Bautismo de Cristo, ambos ejecutados sobre modelos vallisoletanos, coherentes con esa órbita castellana a la que pertenece el edificio.

Conviene una precisión que evita malentendidos: el retablo que hoy preside el templo no es el original. Se construyó en Ciudad Real entre 1945 y 1947 para sustituir al anterior. De aquel retablo del XVII solo quedan las dos piezas citadas.

La huella de las familias del pueblo

La iglesia no se entiende sin quienes la pagaron. En ella se documentan capellanías de las familias Herrera y Polanco —esta última, la de la casa de los Polanco, la casona hidalga de la misma plaza—, además de cuatro cofradías que articulaban la vida religiosa y social de Suances.

Esa relación entre las casonas del casco y los altares de la parroquia es la que convierte un templo en el archivo de un pueblo, y está estudiada al detalle en el texto que se reproduce más abajo.

Visitas y horarios de culto

Es un templo en uso, no un museo. Su apertura depende del horario de culto y de la temporada, de modo que lo más práctico es consultar el horario de misas en Suances antes de acercarse contando con entrar. Esa página recoge además los horarios de las demás parroquias del municipio: Tagle, Ubiarco, Puente Avíos, Ongayo, Cortiguera e Hinojedo.

Su fiesta es la de Nuestra Señora de las Lindes, patrona de la villa. Y el 16 de julio, en las fiestas del Carmen, de aquí sale la comitiva que baja al puerto para la procesión marítima por la ría, declarada de Interés Turístico Regional desde 2010.

Los sermones de don Baldomero Maza Aja

Hay un material poco habitual asociado a esta parroquia y que merece la pena señalar: la colección de sermones del cura de Suances, don Baldomero Maza Aja, recogidos y publicados en esta web.

Son homilías breves, que arrancan siempre con un «Buenos días. Paz y Bien», dedicadas al santo del día o al evangelio dominical y entreveradas con observaciones sobre la actualidad social, política y económica. Hablan de Santa Teresa y de San Pantaleón, del comienzo del curso escolar, del valor de las palabras o del humor, y componen sin proponérselo un retrato de la vida de un pueblo contada desde su púlpito.

Pueden leerse íntegras en la página de sermones y horarios de misas de Suances.

Preguntas frecuentes

¿De qué siglo es la iglesia de las Lindes?
La fábrica actual es del siglo XVII, levantada sobre un templo medieval anterior. Después se reformó en los siglos XVII, XVIII, XIX y XX.

¿Por qué el campanario está forrado de cantos rodados?
Es el resultado de la última gran reparación, hecha en las décadas de 1950 y 1960, cuando se levantó el revoque y se revistió la torre. No es un acabado original.

¿El retablo es el original?
No. El actual se construyó en Ciudad Real entre 1945 y 1947. Del retablo mayor del siglo XVII solo se conservan un Cristo crucificado y un bajorrelieve del Bautismo.

¿Se puede visitar?
Es un templo en uso y su apertura depende del culto. Conviene consultar los horarios de misas antes de ir.

¿Dónde está exactamente?
En la calle Quintana, junto al antiguo Colegio de San José y muy cerca del Ayuntamiento y de la plaza de Viares.

¿Qué significa la advocación «de las Lindes»?
El estudio de Gómez Martínez y Polo Sánchez apunta una hipótesis bien documentada. Mateo Escagedo Salmón recoge en la relación de la Colegiata de Santillana un templo llamado «Nuestra Señora de las Vides» y omite el de «las Lindes» —la única laguna en una lista sin otras ausencias—. Los autores concluyen que la advocación original fue «de las Vides» y que «Lindes» es una adaptación popular más moderna: la parroquia no está en ningún deslinde que justifique ese nombre, y la vid caracterizaba todavía el paisaje agrario de Suances en el siglo XVIII.

¿Tiene relación con las fiestas del Carmen?
Sí. De la parroquia sale la comitiva que baja al puerto el 16 de julio para la procesión marítima y terrestre del Carmen, declarada de Interés Turístico Regional en 2010.

Qué ver cerca

La iglesia está en el corazón del casco. En su entorno inmediato quedan la plaza de Viares, con su muralla del siglo XVII, el edificio del Ayuntamiento, el antiguo Colegio de San José y la casa de los Polanco. Bajando hacia el mar se encuentra la capilla del Carmen, de 1919, y más abajo la playa de La Concha. Hacia la ría, el puerto y los miradores de la Cuba. El resto del patrimonio religioso del municipio, en la guía de arquitectura religiosa en Suances.

La parroquial de Nuestra Señora de las Lindes en Suances

Javier Gómez Martínez y Julio J. Polo Sánchez, «La iglesia parroquial de Nuestra Señora de las Lindes de Suances», en Altamira. Revista del Centro de Estudios Montañeses, tomo XLVIII, Santander, 1989, pp. 143-175. ISSN 0211-4003. Se reproduce a continuación el texto íntegro del estudio, con sus apéndices documentales.

La actual parroquial de Nuestra Señora de las Lindes de Suances no ha merecido por parte de la historiografía regional un estudio independiente, siendo escasísimas las referencias que sobre su población, historia, tradiciones o arte pueden ser localizadas. Se ignoraba cualquier dato relativo a la hacienda parroquial, a los patronos y fundadores de capellanías, a las cofradías religiosas y sus modelos de conducta; en suma, aquellos aspectos que definen el entramado social y mental de una comunidad rural como la de Suances.

Hasta hoy había sido comúnmente aceptado que la iglesia parroquial de Suances databa del siglo XVIII, que sufrió una fuerte reconstrucción en 1969, y que toda su imaginería era moderna.1 Intentaremos demostrar que tales aseveraciones son erróneas, pues según nuestro criterio la iglesia se construyó a principios del siglo XVII. Igualmente, se constatará la existencia de piezas escultóricas coetáneas.

Ciertamente, poco resta de la obra primitiva: los errores técnicos y el transcurrir de los años se hicieron sentir en el edificio, aunque sus efectos quedaron empequeñecidos en comparación a los destrozos que produjo la Guerra Civil, durante la cual fue habilitado primero como cárcel y posteriormente como garaje. Incluso desaparecieron las campanas, las imágenes y todos los restantes objetos de culto; ni siquiera conservó aquello que la acreditaba como parroquia, su pila bautismal.2

Fuentes manuscritas

El punto de partida, y al mismo tiempo el eje de nuestro estudio, ha sido en primer lugar un manuscrito de la Biblioteca Municipal de Santander. Se trata del libro de fábrica de la parroquia de Nuestra Señora de las Lindes que incluye las cuentas de los años 1704-1751, los autos de las visitas periódicas del Abogado de la Real Chancillería de Valladolid y Visitador Oficial del Arzobispado de Burgos, un Inventario de Alhajas y demás bienes de la iglesia parroquial, de 1728; y, en hojas sueltas, las cuentas de la Ermita de San Roque y San Benito del barrio de Santiuste, de los años 1724-1757 y 1787-1792.3

Su importancia radica en ser la única fuente documental de este tipo anterior a 1936 que ha llegado hasta nosotros. Ignoramos cómo pudo conservarse éste y por qué se perdieron todos los libros intermedios; lo cierto es que éste pasó en 1968 a la Biblioteca Municipal de Santander como parte del legado de don José Manuel de la Pedraja y González del Tánago.

Otros documentos consultados han sido los contratos de construcción del retablo mayor de 1623, y de reedificación de la bóveda de la capilla mayor de 1744, conservados en sendos protocolos notariales del Archivo Histórico de Cantabria;4 el segundo, sensiblemente deteriorado por la humedad, incluye, además de las condiciones con que debía realizarse la obra, la traza de la bóveda, las bajas de los maestros, las condiciones revisadas y los pagos del importe de la reforma. Con estos tres manuscritos, y con el levantamiento de la planta de la iglesia, reconstruiremos, en la medida de lo posible, su aspecto original.

Las más recientes modificaciones que han afectado al edificio en su fisonomía han sido rastreadas a través del libro de fábrica que se conserva en la propia parroquia, y que abarca los años 1937-1983.5 La información sobre cofradías y bienes inmuebles ha sido aportada por sendos libros de las hermandades de San Antonio Abad y San Antonio de Padua, guardados en el archivo parroquial;6 por otro libro de la Cofradía de las Ánimas, depositado en el Archivo Diocesano de Santander, en Santillana del Mar;7 y por una relación de obras pías, cofradías y patronatos que entre 1799 y 1801 realizó el Corregidor de la Villa de Suances en cumplimiento de Real Orden, y que hoy se halla en el Archivo Histórico de Cantabria.8

El edificio parroquial

La iglesia parroquial de Suances, en su estado actual, presenta un cuerpo de una sola nave, con capillas hornacinas atrofiadas, dividido en cuatro tramos, cubiertos por bóveda de yesería de medio cañón con lunetos, y arcos fajones entre los muros que separan cada tramo. Su iluminación se resuelve por medio de un cuerpo de luces de cuatro vanos adintelados, abiertos en el lienzo sur bajo los lunetos, al que hay que añadir otro vano adintelado, de menor tamaño, en el muro norte, bajo el coro.

El presbiterio utiliza el mismo material en su cubierta que el empleado en la nave, y presenta un vano semejante, abierto a la misma altura. El testero, plano al exterior, se halla enmarcado por dos contrafuertes que se prolongan hasta el alero, pero actualmente al interior se trasdosa en forma semicircular. Adosadas a la cabecera están la sacristía y la estancia que fuera «Escuela de Gramática y Primeras Letras» de la villa.

Dos arcos torales de medio punto dan paso a sendas capillas laterales, de menor altura que la nave, cubiertas con crucería estrellada que se contrarresta exteriormente con estribos de factura semejante a los ya descritos en la capilla mayor. La capilla del lado del Evangelio muestra como medio de iluminación una saetera en derrame, mientras que la del lado de la Epístola ostenta un vano adintelado.

A los pies del edificio se halla la torre, que se alza entre dos contrafuertes escalonados en su extremo superior; presenta un acceso interior, a través del coro, y otro exterior, mediante una escalera de tiro frontal. El cuerpo inferior de la torre alberga en su parte baja la capilla bautismal —irregularmente octogonal—, en cuyo lado este se abre el arco de medio punto que la comunica con el interior de la nave, mientras que en el lado sur se sitúa un lucillo que presenta un vano geminado con columnas de «recuerdo» románico. El cuerpo superior presenta una tronera en cada uno de sus cuatro lienzos. Remata la torre una cúpula asentada sobre tambor octogonal y coronada por linterna.

Por último, en la fachada sur se desarrolla un pórtico sustentado por pilares, suplementos de madera y zapatas, que acoge la portada, de arco de medio punto, ligeramente abocinado, con sencillas molduras y jambas lisas.

Corresponden con certeza a la traza primitiva las dos capillas laterales, el exterior de la capilla mayor, la nave y el cuerpo inferior de la torre. Estilísticamente las capillas laterales se adscriben al clasicismo final; de hecho, la del lado de la Epístola estaba en construcción en 1604.9 El tipo de ventanas propio de ellas es la saetera en derrame —el vano de la capilla del lado del Evangelio es resultado de una reforma muy posterior—.10 El perfil de los contrafuertes de ambas capillas laterales no deja lugar a dudas respecto a su coetaneidad con la capilla mayor.

En cuanto al cuerpo inferior de la torre, la perfecta trabazón de los estribos y el contraste entre su fábrica de mampostería y la de ladrillo revestido del cuerpo superior nos obligan a encuadrarla también en el mismo momento de construcción —principios del siglo XVII—.

En Cantabria, la presencia durante estas fechas de muchos de los maestros y oficiales de cantería que auxiliaron a los grandes arquitectos españoles del «clasicismo» produjo el desarrollo de una arquitectura de fuertes acentos «herrerianos», que incluso se prolonga estilísticamente durante los siglos del Barroco. Es fácil observar en la Región estructuras en planta y alzados que repiten modelos simplificados de la citada tendencia.

La iglesia de Nuestra Señora de las Lindes de Suances responde a un modelo ya conocido y ampliamente experimentado en tierras castellanas; baste citar ejemplos palentinos como los de las parroquiales de Quintanadiez o Villovieco. Fue en el foco vallisoletano, y a la sombra de los arquitectos cántabros que en él trabajaron —Juan de Nates, Los Praves, Juan de Naveda—, donde se formarían los canteros que posteriormente regresan a Cantabria y fabrican obras como la que nos ocupa.

La iglesia de Suances parece seguir de cerca los modelos experimentados en Valladolid y Medina de Rioseco por Juan de Nates, en especial el desarrollado por el arquitecto cántabro en la iglesia de San Pedro Mártir de Medina de Rioseco (1580). Como afirma Bustamante García, el modelo de iglesia clasicista que predomina en la escuela vallisoletana se caracteriza por su planta longitudinal, de procedencia gótica —San Esteban de Salamanca—, crucero que no sobresale del perímetro del rectángulo, pues existe una tendencia a atrofiar el transepto, y cabecera de testero plano. Y más en concreto, las iglesias construidas por Juan de Nates tenderán a hacer desaparecer los espacios subordinados de la nave —capillas entre contrafuertes—, transformándolos en nichos profundos. Este diseño fue el más habitual para las iglesias parroquiales, pero deriva de esquemas conventuales, siendo el empleado en Suances, donde también están presentes las cubiertas de lunetos que caracterizaron a las parroquias vallisoletanas y palentinas del clasicismo.11

En Suances, el interior de la capilla mayor no fue semicircular, como hoy se muestra, sino recto, en correspondencia con el exterior, y su cubierta tuvo una bóveda de crucería de diseño semejante a las de las capillas laterales. El empleo de la crucería estrellada en los espacios principales del edificio representa un arcaísmo fácil de explicar desde una perspectiva cronológica: una de las constantes de las manifestaciones artísticas de Cantabria es su apego a las formas tradicionales y consagradas. Tal simbiosis entre las formas arcaicas y las innovadoras a la fuerza habría de producir desequilibrios no sólo estilísticos, sino también estructurales. Como veremos más adelante, la parroquia de Suances tuvo que sufrir las consecuencias de semejante contradicción.

La sacristía fue más pequeña que la actual y cumplió funciones de capilla-camarín de la Virgen; una ventana abierta en su frente oriental, a una altura de unos dos metros, iluminaba la imagen de la Virgen de las Lindes, colocada a la misma altura en una hornacina horadada en el centro de la capilla mayor, produciendo así un efecto de transparente —la hornacina aún hoy es visible detrás del retablo—.

Poseemos un dato cronológico que podremos utilizar como término post quem para establecer la primera etapa de construcción del edificio: se trata de la fabricación del retablo mayor. Éste fue contratado el 20 de febrero de 1623 con el maestro Fernando de Malla. Así pues, por entonces el templo ya se hallaba concluido. Teniendo en cuenta el análisis estilístico de la obra, no sería aventurado proponer las fechas de 1600-1610 como período de edificación.

Existe un vacío documental para el resto del siglo XVII, pues, como ya señalamos, el libro de la fábrica correspondiente a este período no ha podido encontrarse en ninguno de los archivos consultados.

Ya en el siglo XVIII, la primera noticia que se posee se remonta al año 1710, fecha en que se construyó el coro y se carretearon los materiales, desde la cantera de Hinojedo, para la solera de sus postes.12 Pocos años después, entre 1715 y 1718, se construyó el pórtico sur; se trataba de un portal de ingreso que medía «… de largo zinquenta y tres pies y diez y seis de ancho, con su asiento de la parte de adentro de sillería (…), con dos colunas, vasas y capiteles…».13 Es decir, tenía aproximadamente la misma anchura que el actual, pero menor longitud (un pie castellano equivale a unos 28 cm, la tercera parte de una vara). Sus columnas recordaban mucho a las que hoy posee el lucillo del baptisterio.

En 1737 el mayordomo de la fábrica recoge la noticia de una descarga eléctrica sobre la torre de la parroquia. Como consecuencia, el cuerpo de campanas se desmoronó sobre la cubierta del primer tramo de la nave, por lo que hubo de emprenderse su reconstrucción; se pusieron ocho codos de tabla encima del coro «… para reparar el daño hecho por la centella…».14

En 1740 se acometió la reedificación del cuerpo superior de la torre en la forma que hoy vemos, pero con su estructura de ladrillo recubierta por un enfoscado de mortero, recubrimiento común a todo el exterior del edificio.15 Una aproximación a su forma original puede apreciarse en la torre de la cercana iglesia parroquial de Tagle, edificio de menores dimensiones, pero estilísticamente afín al que nos ocupa.

La siguiente obra que se emprende es la reparación de la bóveda de la capilla mayor, en 1744. Esta capilla venía arrastrando problemas técnicos desde tiempo atrás. Ya en 1712 el lienzo de pared que «… mira al lado de la Epístola…» estaba resquebrajado por dos puntos, uno de los cuales afectaba también a la capilla colateral, razón por la cual se llegó al acuerdo entre la fábrica de la parroquia y los patronos de la capilla de los Polanco para efectuar el reparo, embutiendo en la pared sillares traídos, de nuevo, desde Hinojedo.16

En 1744 los problemas surgieron en la pared opuesta, la norte. El contrafuerte había cedido y los nervios de la bóveda se habían agrietado. La reparación, proyectada por el arquitecto Fernando de Llar Colina, fue realizada por Bartolomé de Mijares, maestro cantero que años atrás había llevado a cabo la reedificación de la torre. La obra fue sufragada por el Cabildo de la Real Colegiata de Santillana del Mar, bajo cuyo patronazgo estaba la parroquia, en el modo acostumbrado entonces, esto es, en tres plazos o tercios que se entregarían, respectivamente, al comenzar, mediar y concluir el encargo.

Para fortalecer el contrafuerte, profundizaron los cimientos y se intercalaron a intervalos regulares sillares nuevos de mayor tizón. Para aligerar y asegurar la bóveda, los plementos fueron hechos de nuevo en toba calcárea y los nervios fueron aumentados en número, al tiempo que por sus arranques, las claves y el cuadrilátero central de la plementería fueron decorados con figuraciones animales y vegetales.17

A pesar de todas las precauciones tomadas, la bóveda no tardó en hundirse (incluso hoy día el contrafuerte sur está sensiblemente desplomado y agrietado). Como solución a los problemas estructurales de la cabecera se optó por su modificación, cerrándose el espacio en planta semicircular con trasdosamiento de falsa bóveda de horno, fabricada en yesería.

También parece que la capilla bautismal ha sufrido una fuerte remodelación interior que ha variado su planta cuadrangular en octogonal, pues sus paredes no traducen la mampostería exterior, como cabría esperar, sino que son de ladrillo, al igual que las del cuerpo superior de la torre o las de la cabecera.

Todavía en el siglo XVIII se construyó un espacio anejo a la sacristía para albergar la «Escuela de Gramática y Primeras Letras», obra pía fundada por don Bernardo García de Herrera con un capital de 9.000 ducados impuesto contra el Conde de Campogiro, vecino de Santander.18 Desconocemos en qué fecha fue realizada esta imposición, pero el benefactor es el mismo que en 1750 donó a la parroquia 169 marcos y 5 onzas y media de plata labrada.19

Y llegamos al siglo XX, sin que parezca haber ocurrido ninguna reforma importante en la centuria anterior, por otra parte sin documentar. En la segunda mitad de este siglo, pasada la crisis de la Guerra Civil, se llevan a cabo las últimas modificaciones.

En 1953 se abrió la entrada exterior a la torre y se efectuó la reconstrucción del pórtico. Fue ésta una empresa un tanto azarosa, ya que, una vez comenzado a construir el portal sobre arcos de medio punto, don Jaime del Amo, a cuya cuenta corría la mayor parte de los gastos, intentó modificar el proyecto. Al no permitírsele hacer tal cosa, retiró la subvención y la obra hubo de ser sufragada con donativos de otros particulares.20

Entre 1958 y 1959, de nuevo con el auxilio de don Jaime del Amo, se modificó el pórtico según su criterio, reiteradamente expuesto a la parroquia en ocasiones anteriores, de tal manera que se sustituyeron los arcos, recientemente construidos, por suplementos y zapatas de madera de castaño. Además de esto, se picó el enfoscado externo de los muros, se forró la parte alta de la torre con cantos rodados y sillares labrados, y se reconstruyó el edificio de escuela sobre paredes nuevas.21

Finalmente, en 1960 se sustituyó la capilla-camarín de la Virgen por una sacristía más espaciosa, se modificó la ventana de la capilla del lado de la Epístola, y se abrió una rinconera en el lado del Evangelio, a imitación del arco que comunica el presbiterio con la sacristía.22

La imaginería

Las consecuencias de la Guerra Civil no pudieron ser más funestas para la imaginería de esta iglesia. Tanto el retablo del altar mayor como el de la capilla de Nuestra Señora del Rosario y el «altar» de la capilla de San Antonio fueron quemados.

El retablo para el altar mayor fue encargado a Hernando de Malla,23 maestro escultor y ensamblador natural de Anaz (Junta de Cudeyo) que desarrolló su actividad en el primer tercio del siglo XVII.

A la subasta de obras, anunciada por medio de pregones y edictos que se solían situar en las puertas de ingreso de aquellas parroquias donde se sabía que había «maestros peritos en el arte», acudirían los artistas. Siguiendo el método habitual de subasta, una vez reunidos los aspirantes en algún local de la parroquia —el pórtico generalmente—, se procedía a encender una o varias velas después de ser hechas públicas tanto las condiciones como la traza propuestas. Durante el tiempo que permaneciese encendida la candela, cualquiera de los asistentes podría proponer bajas sobre el precio de salida, de tal manera que quedaría como ejecutor de la obra aquel que llevase ofrecido el menor precio en el momento de consumirse.

Una vez asignada la obra, la fábrica tomaba sus precauciones sobre la ejecución, entre las que obligadamente se incluía el ofrecimiento de fiadores por parte del maestro. Por lo general, tales fiadores eran compañeros o familiares del contratante y su función consistía en respaldar con sus bienes el crédito de aquél.

En el caso que nos ocupa el mejor postor fue el ya nombrado Hernando, o Fernando, de Malla. El 20 de febrero de 1623 firmó, en Sobremazas, el contrato de obra con el mayordomo de la fábrica parroquial Juan González Polanco —uno de los nueve hijos del fundador de la capellanía ubicada en la capilla del lado de la Epístola—. Como su fiador, Malla presentó al vecino de Sobremazas Pedro Díez de la Riva, posiblemente el mismo Pedro de la Riva, arquitecto de ensamblaje, que trabaja por entonces en Santander y Campuzano.24

No existe constancia de la organización y distribución de este retablo, aunque por las fechas en que se construye, por la comparación con las escasas obras conservadas del mismo maestro, y por diversos informantes que hemos consultado, podríamos aventurar una reconstrucción hipotética. Por un lado, el retablo presentaría una distribución en dos pisos de tres calles, con ático, divididos por soportes entorchados, como era habitual por aquellas fechas. En el piso inferior, la calle central acogería el tabernáculo, y estaría flanqueada por dos figuras de bulto, o relieves; en el segundo cuerpo, la hornacina principal sería ocupada por la imagen titular, Nuestra Señora de las Lindes, y a ambos lados de ella se situarían sendas composiciones escultóricas. Por último, el retablo se remataría con el habitual Calvario.

Al ático corresponde el Cristo Crucificado encontrado recientemente, oculto en la parte alta del campanario, y restaurado por el taller itinerante del Obispado de Santander. La figura de Cristo, colocada hoy sobre una cruz diferente de la original, sigue las pautas marcadas en el primer tercio del siglo XVII por el maestro castellano Francisco de Rincón y por su discípulo Gregorio Fernández, que tanto se iban a difundir por toda Castilla y el norte de España. La cabeza inclinada hacia el costado derecho, la corona de espinas tallada directamente o el vuelo del nudo del paño de pureza lo sitúan en esta corriente castellana; parece imitar de lejos al Cristo de la Agonía de la Colegiata de Santillana, obra atribuida al propio Francisco de Rincón.25 Pero las desproporciones manifiestas en el Cristo de Suances entre el tronco y las extremidades denotan un trabajo de taller.

El retablo pudo contener, además, paneles en bajorrelieve. Actualmente, en la capilla bautismal se conserva un relieve de estuco policromado con la escena del Bautismo de Cristo en el Jordán, en el que se repiten de nuevo los esquemas compositivos y estilísticos de la escuela vallisoletana. Se sigue el modelo expuesto por Gregorio Fernández en el retablo mayor de Nava del Rey (1612), que sería ampliamente difundido por Castilla, llegando a Cantabria de mano de los maestros del taller de Sietevillas y Cudeyo; bastaría citar algunos ejemplos paralelos como los de los retablos mayores de La Cavada y Hoznayo para comprobar tal afirmación. No obstante, debemos aclarar que el panel que acabamos de analizar se trata de una copia posterior, a la que se añadieron detalles a la moda decimonónica.

La imagen de la Virgen de las Lindes, colocada en contraluz delante del transparente que aún hoy puede verse en el muro este de la cabecera, actualmente no se conserva. A pesar de nuestros esfuerzos, nos ha sido imposible conseguir una reproducción fotográfica de la misma, aunque sabemos que la escultura se vestía.

Como indica M. Elena Gómez Moreno, la costumbre de vestir imágenes se divulgó «… desde fines del siglo XVI, cuando comenzó a ponerse de moda el cubrir con suntuosas ropas a las Vírgenes medievales. La moda continuó en el XVII con imágenes apropiadas, que sólo estaban concluidas de talla en cabeza y manos y tenían articulados los brazos, y aún se hicieron otras en que el cuerpo era sustituido por un armazón liviano, tipo que se difundió mucho en el siglo XVIII».26

Por tanto, debemos pensar que o bien la imagen de Nuestra Señora de las Lindes fue una imagen gótica a la que se vestía, o una imagen barroca del siglo XVIII, pues en Castilla y en el norte de España son escasísimos los ejemplos de imágenes de vestir durante el siglo XVII. Nos inclinamos por la primera posibilidad, dado que ha sido costumbre habitual en Cantabria el mantenimiento de imágenes medievales en santuarios marianos.

Si bien no existe una cita concreta a la Virgen de las Lindes en los diversos documentos conservados de la Abadía de Santillana, Mateo Escagedo Salmón recoge una relación de templos en los que los clérigos de la Colegiata solían oficiar; entre ellos se incluye uno denominado de «Nuestra Señora de las Vides», y a la vez se obvia a Nuestra Señora de las Lindes, lo que resulta extraño, pues en la relación no hay otras omisiones.

Así pues, coincidimos con Escagedo en que es muy probable que la antigua advocación del santuario mariano que nos ocupa fuera aquel de Nuestra Señora de las Vides,27 y añadiríamos que pudo ser una adaptación popular, relativamente moderna, la que dio lugar a una nueva denominación, pues tampoco coincide la ubicación de la parroquia con un lugar de deslinde, de donde debería proceder su nombre; como veremos más tarde, un producto definidor del paisaje agrario de Suances era, aún en el siglo XVIII, la vid.

En 1728, por orden expresa del arzobispo de Burgos, la parroquia es instada por el visitador para que elabore un inventario de las joyas y alhajas que poseía la parroquia, en especial aquellas que eran propiedad de la Virgen de las Lindes. Como es sabido, fueron habituales en los santuarios marianos las ofrendas de todo tipo de enseres por parte de los devotos, en especial por parte de aquellos socialmente considerados. Entre el «ajuar» acostumbrado de las imágenes se incluían joyas y vestidos, que en el caso concreto de Nuestra Señora de las Lindes eran los siguientes:28

Un vestido de raso azul, «… que se compone de una capa, mediasaya, y su debental». Otro vestido de raso encarnado, con los mismos elementos que el anterior. Otro vestido para Adviento, «… muy usado». Un rosario engarzado en plata, «… con sus medallas de lo mismo». «Más una joya pequeña redonda, de oro, con su pedrería basta». «Más una cruz pequeñita, espumada en oro…».

En relaciones posteriores, concretamente de los años 1746 y 1747, se añade otra serie de piezas donadas por particulares, tales como un vestido de «… persiana…», donado por don Sebastián Gutiérrez del Piélago, y una corona de plata sobredorada «… de peso y porte de veinte y seis onzas…», donada por don Fernando Gutiérrez del Piélago.29

Como puede observarse, la colección de ornamentos y joyas de la Virgen de las Lindes no es comparable con la de algunas otras de la Región, cercanas a poblaciones más numerosas o situadas en zonas más feraces; y por supuesto su riqueza es muy inferior a las castellanas o andaluzas. Por otro lado, la catalización ejercida por la Colegial de Santillana debió de restarle donantes.

Del retablo encargado por don Juan González de Polanco a comienzos del siglo XVII (1604) para la capilla de Nuestra Señora del Rosario, en el lado de la Epístola, no queda más que el recuerdo de quienes lo conocieron. Debió de construirse muchos años después, ya que nuestros informantes afirman que presentaba columnas salomónicas doradas con entrelazados de racimos azulados. La imagen del Rosario era una Virgen de vestir, articulada, con la cara de porcelana y los cabellos naturales.

En la capilla de San Antonio, en el lado del Evangelio, existió un altar dedicado a San Miguel Arcángel,30 con una talla de este último Santo y, presumiblemente, otra de San Antonio de vestir.

Después de la Guerra Civil, don Ángel Ruiz Macho, vecino de Torrelavega, regaló a la parroquia un pequeño retablo para poder celebrar el culto, ya que, como hemos venido repitiendo, el antiguo retablo mayor fue incendiado.31 Es un retablo moderno, de un único piso con su ático y columnas abalaustradas en las entrecalles. Las imágenes, de escayola, fueron realizadas en Olot y Santander, y representan a San Roque —en la calle central— y a San Isidro y San Ignacio de Loyola —en las laterales—. Cuando se instaló el actual retablo mayor, este otro fue trasladado al cuerpo de la nave, donde continúa.

El nuevo retablo mayor se fabricó en Ciudad Real. Su adquisición no consta en el libro de fábrica, por lo que debemos pensar en una nueva donación. Se sabe que fue instalado siendo cura párroco don Manuel Fernández Cabrillo, esto es, entre 1945 y 1947. Como el anterior, consta de un solo piso y ático. Sus imágenes, que representan a Nuestra Señora de la Asunción, San José y San Antonio de Padua, son de escayola, al igual que el relieve del Calvario del ático.

Capellanías

Dos familias ocuparon las capillas laterales de la iglesia parroquial: los Herrera, la capilla de San Antonio, en el lado del Evangelio; y los Polanco, la capilla de Nuestra Señora del Rosario, en el lado de la Epístola.

La Casa de Herrera poseía la capellanía no a título privado, sino por arrendamiento. Así se explica el hecho de que el visitador no se refiriera nunca a ella en los autos de visita, y también el que su escudo no llegase a ser tallado. En el siglo XVII la pensión anual de tres ducados era sufragada por «D. Juan Josep de Herrera, vecino de dicha villa, y D. Francisco Miguel de Peredo, vecino de ésta como conjunta persona de Dña. María Theresa de Cos, poseedores de dicha capellanía…».32

La capellanía de la Casa de Polanco era privada y fue fundada por «… D. Juan González de Polanco y Dña. María de Bustamante, su mujer, con cuatro misas rezadas cada semana (…) sobre diferentes bienes raíces, una cuartilla de diezmos en la iglesia de Ibio y ochocientos ducados de capital en censos».33

Efectivamente, don Juan González de Polanco testó el 28 de agosto de 1604 en Piélagos, ante Juan Calderón, diciendo: «… entre mi mujer y yo tenemos comenzada a fabricar una capilla colateral a la mayor de Nuestra Señora de las Lindes, al lado derecho, con su arco. Mando se acabe a costa de nuestros bienes y se haga en ella un retablo y ponga decente para que en ella se diga Misa, y se entregue a Pedro del Arroyo lo que con él tengo concertado para la obra de cantería (…) y se ponga un escudo en ella de mis armas y letrero diziendo la hezimos y dotamos, y dos sepulcros para nuestros entierros en los dos arcos…».34

En esta capilla se continuó oficiando misa hasta 1936. Después de la contienda, la familia compró un pequeño altar —que aún permanece en la capilla— para reemplazar el antiguo retablo, pero ya no se volvió a decir misa en ella. Hacia 1960 la capilla de Nuestra Señora del Rosario fue convertida en capilla del Santísimo.

La capilla del Rosario presenta embutido en el muro sur el escudo familiar de los Polanco, que también se repite en la clave de la bóveda. El campo del escudo es cuartelado, y presenta en cada uno de sus campos los siguientes motivos: 1 y 4) castillo con dos calderas; 2 y 3) barra con dos estrellas sobre sus extremos. Una inscripción que recorre su contorno lleva el lema: «AUNQUE EM PELIGRO A TENER DIGO. ARMAS DE POLANCO». Este escudo presenta varios puntos de contacto con el que está situado sobre la portalada del solar de esta familia en la Plaza de Viares de la misma villa de Suances.35

Los recursos económicos

La precariedad de las fuentes manuscritas nos ha llevado a plantear este punto dentro de unos límites cronológicos reducidos, exclusivamente el siglo XVIII, por ser éste el momento en el que la documentación es más explícita.

[El original incluye en este punto dos cuadros genealógicos, elaborados a partir de Escagedo Salmón, Solares Montañeses: el de la Casa de Herrera, rama de Suances (vol. VI, pp. 55-56), y el de los Polanco, rama troncal de Santillana (vol. VII, pp. 18-22). Ambos figuran como láminas y no se reproducen aquí.]

El abanico de recursos económicos de la iglesia parroquial fue en esta centuria algo más amplio de lo acostumbrado en otras parroquias rurales de Cantabria, ya que a las fuentes de ingresos comunes entonces —como eran las capellanías, los memoriales, los censos, las tierras o los derechos de sepultura— añadía otros: los quiñones del besugo y la limosna de trigo y maíz, de los que disfrutaba desde antiguo por su pertenencia a la jurisdicción de la Abadía de Santillana. En conjunto eran suficientes para cubrir las necesidades de la parroquia, aunque no con excesiva holgura.

Sin duda, lo más curioso de todo eran los quiñones de la costera del besugo. Este impuesto, que llegaba a suponer entre el 50 y el 60 % de los ingresos anuales, era lo que a la fábrica de la iglesia debía pagar «… cada un barco de la pesquería del besugo como un compañero de cada un barco desde el día de San Martín al de Santa Juliana de Marzo, según la costumbre y memorial que ha habido sin que se encuentre el principio».36

El hecho de que otras parroquias vecinas, como la de San Juan Evangelista de Ubiarco, con su puerto de Santa Justa, no tuvieran ningún impuesto semejante indica que existía un compromiso específico entre la parroquia de Suances y el puerto de San Martín de la Arena. Es sabido cómo ya en 1403 el almirante don Diego Hurtado de Mendoza y su mujer doña Leonor de la Vega necesitaron un puerto propio para asegurar su señorío, por lo que llegaron a un acuerdo con la Abadía de Santillana, según el cual ésta les cedió el puerto a cambio del curato de la iglesia de San Cristóbal y tierras en Hinojedo, con la condición de que quienes desde ese momento y en adelante poblasen el puerto diesen a la Abadía todos sus diezmos, primicias y ofrendas.37 Durante la Edad Moderna, la Abadía de Santillana debió de traspasar el citado privilegio a la parroquial de Suances.

Todavía en la primera mitad del siglo XVIII recibía la iglesia parroquial una pequeña «limosna» anual de trigo y de maíz, variable en función de la cosecha, que también había sido cedida por los señores Abad y Cabildo de la Abadía de Santillana, los cuales llevaban por mitad con la parroquia de Suances «… todos los frutos decimales como patronos y presenteros que son en la iglesia parroquial de esta Villa de Suances».38

La fuente de ingresos más común, hasta la puesta en funcionamiento de los cementerios a la manera contemporánea, fueron los derechos de sepultura en el interior de la iglesia, más caros cuanto más cerca del altar mayor estuviesen. En los autos de visita se constata el desagrado de las autoridades eclesiásticas por los perjuicios que ocasionaba esta costumbre, citándose en muchos casos el «mal hedor» que solía producirse, sobre todo cuando se emprendía alguna obra, como ocurrió en nuestra iglesia al abrirse los cimientos para la construcción del pórtico original. Sin embargo, los ingresos que proporcionaban actuaron de forma negativa en el intento de erradicar esta tradición.

En 1742 el mayordomo de la fábrica parroquial acudió a la Colegial de Santillana para solicitar una rebaja sobre el precio de las sepulturas de primera y segunda filas de la capilla mayor, porque debido a su elevado precio nadie se hacía enterrar en ellas, lo que perjudicaba grandemente a las arcas de la fábrica. Los señores Abad, Prior y Cabildo accedieron a ello, con la condición de que las dos sepulturas centrales de la primera línea quedasen vacantes por si aconteciese que dichos señores o sus vicarios sirvientes falleciesen al tiempo de estar en Suances.39

La iglesia obtenía otras rentas a través del préstamo, en forma de censos redimibles, de su capital acumulado. Se trataba de empréstitos con un interés variable, que a mediados del siglo XVIII quedó fijado en un 3 por ciento. El tomador del censo hipotecaba sus bienes y presentaba fiador para garantizar su solvencia, y no podía redimirlo hasta haberlo amortizado por completo, lo que solía prolongarse durante varias generaciones. Entre estos censos se encontraban tres, por un importe de 55 ducados, cuyos réditos habían sido traspasados a la fábrica por la Casa de los Polanco, en pago de los derechos de capellanía.40 Los Herrera, como ya se señaló, pagaban su pensión sencillamente mediante una renta anual.

La parroquia de Suances también obtenía otras rentas a través de la explotación o arrendamiento de sus propias tierras. Además de la llosa, delante de la iglesia, contaba con tierras en las mieses de Carral, Los Casares, San Martín, Voznía, Sopeña, la Peñía, la llosa del Campo, las Nabarizas, San Benito y Fuenteonda.41 Estas tierras, en función de su uso, se clasificaban como tierras de labrantío, de prado o de viña. Este último cultivo, si bien no era el predominante, caracterizaba en gran manera el paisaje agrario de la zona. La mayor extensión de tierra dedicada al cultivo de la vid se hallaba en torno a la antigua ermita de San Benito, hoy desaparecida, que se levantaba en las inmediaciones del barrio de Santiuste, lugar topográficamente favorable para su desarrollo.

Por último, los legados testamentarios aportaban ingresos de carácter extraordinario. Así, por ejemplo, don Domingo Fernández de la Somera, natural de Cortiguera, fallecido en Nueva España en 1739, donó a la parroquia de Suances «un importante capital en censos, y cinquenta y un carros de tierra repartidos entre Queveda y Cortiguera principalmente».42

Las cofradías: religiosidad y moral popular

Como indica T. Mantecón, «las cofradías, gestadas en la Baja Edad Media y respaldadas por el papado, sirvieron en esos momentos como un procedimiento para luchar contra las herejías e intentar homogeneizar las devociones. Sobre este esquema se superpuso Trento, dirigiéndolas ahora hacia un doble objetivo: controlar a la feligresía católica, dotándola de una regla a seguir para lograr una vida santa, un buen «modo de vida» y, por otro lado, potenciar determinadas devociones que eran sometidas a crítica por los reformistas luteranos y calvinistas».43

Había en Suances cuatro cofradías: la de Ánimas, la de San Antonio de Padua, la de San Antonio Abad y la de Nuestra Señora del Rosario. Excepto la primera, que se encargaba de las honras fúnebres de cualquier finado en la villa, el resto eran hermandades de fieles que se reunían bajo la advocación de un Santo Patrón.

Los cofrades de San Antonio Abad se congregaban desde 1669, año de su fundación, en la capilla del lado del Evangelio; los de la Virgen del Rosario, en la capilla contraria; y los de San Antonio de Padua, de 1668 a 1858 —fecha en que se disolvió— y de 1881 a 1936 —período durante el que se renovó la hermandad—, en torno a una imagen de su patrón que estaría colocada en el retablo mayor.

Se conservan las constituciones de fundación de las cofradías de San Antonio de Padua y de San Antonio Abad; a través de sus capítulos pueden determinarse tanto las funciones asistenciales que cumplían como su sistema de organización interna. Los fines de las hermandades eran la mutua asistencia entre los componentes, la promoción de obras piadosas y la organización de las procesiones con motivo de la onomástica de sus respectivos Santos Patronos.

Así, por ejemplo, en ambas constituciones se incide sobre la asistencia de los hermanos a las honras fúnebres, cabos de año, novenarios…, imponiéndose multas de diversa cuantía a aquellos que dejasen de cumplir con tales obligaciones. Aunque entre los capítulos de estas constituciones no se incluye ninguno que haga alusión a los banquetes o convites que se celebraran en honor de los difuntos, tal práctica debió de ser frecuente, pues el visitador del arzobispado se refiere en numerosas ocasiones a ellos, siempre condenándolos por ser motivo de todo tipo de disputas, desviaciones de la moral y gastos superfluos. Fue tal la preocupación al respecto que se amenazaba a los infractores con penas privativas de libertad —20 días de cárcel—; es éste el único caso en el que la sanción no era pecuniaria.44

Sendas cofradías insisten también en el cuidado, visita y caridad para con los hermanos enfermos o pobres. El mayordomo se encargaría de designar a dos hermanos para tal efecto, siguiendo el orden de antigüedad. Más en concreto, la cofradía de San Antonio Abad incluye un capítulo en el que se estipula la caridad hacia los no pertenecientes a la hermandad: «… que el día de la festibidad del Glorioso San Antonio se dé de comer a doce pobres y el cofrade más moderno aquel día, en el ínterin que los dichos pobres comen, tenga la obligación de leer la vida del Glorioso Santo San Antonio y otras cosas espirituales, y que el mayordomo nombre cuatro hermanos de la cofradía para que los asistan a la comida».45

Con motivo de la fiesta patronal, los hermanos tenían la obligación de asistir, con velas encendidas, a las primeras y segundas vísperas y a la misa en honor del Santo. La cofradía de San Antonio de Padua, en concreto, ordenaba «… que en el día de la festividad de dicho San Antonio, a hora competente, se celebrará la misa de la Cofradía, que ha de ser con sermón, y antes de ella se andará la procesión con la efigie del Santo, que han de llevar cuatro hermanos, a cuya función han de asistir todos, y a las segundas vísperas que se cantan por la tarde…».46

La única cofradía que poseía recursos más o menos importantes para el ejercicio de sus funciones era la de las Ánimas, que tenía a su favor catorce carros de tierra en las mieses de San Martín, Carral, Tabierna, Santiuste y San Benito; doscientos setenta ducados en censos al 3 por ciento; y la limosna por las misas anuales «… cantadas con nocturno y procesión…» por el alma de los difuntos.47 El resto se mantenía mediante la cuota anual que pagaba cada miembro en función de su rango como hermano mayor o menor, así como con las tasas que se imponían al ingreso o abandono de la hermandad.

Estas congregaciones se organizaban internamente en torno a la figura de un mayordomo que cumplía las funciones de representante ante la jerarquía eclesiástica, director espiritual, ecónomo y árbitro. Era nombrado anualmente, entre los hermanos mayores, el día siguiente a la fiesta patronal, siguiendo el orden de antigüedad, y se auxiliaba de un teniente o abad que podría sustituirle en caso necesario, a la vez que se ocupaba de controlar la imposición de sanciones y multas.

Para ser hermano mayor se requería ser varón mayor de 14 años y pagar la cuota anual estipulada. Las mujeres y los menores de esa edad se consideraban hermanos menores y su cuota era inferior. Para ser aceptado en la cofradía, el aspirante habría de ser presentado primeramente por el mayordomo y aceptado por la mayoría, a la vista de sus cualidades morales.

El control espiritual y moral ejercido por las cofradías se veía complementado por el celo de los visitadores, que en numerosas ocasiones insisten sobre la corrección de ciertas desviaciones habituales tanto entre feligreses como entre los clérigos. Es común encontrarnos entre los autos de visita anotaciones referentes a que las mujeres no pasen de la raya que estaba señalada para separarlas de los hombres, que nadie suba al presbiterio, que nadie tome tabaco «ni de polvo ni de hoja» desde la medianoche hasta recibir la Comunión, o que no se quebranten los días de fiesta, «cuya falta es la causa de las malas cosechas» —indicador claro de la pervivencia de supersticiones entre esta población rural—.

El visitador pone también el acento en la puntual asistencia a las conferencias morales que anualmente se celebraban, y en el estricto control sobre los exámenes de Doctrina Cristiana que también anualmente había que superar para poder confesar, comulgar o contraer matrimonio. También se refiere a las facetas profanas de las fiestas religiosas, tales como las romerías, en las que previene contra los bailes de parejas, sobre todo después de puesto el sol, y contra las romerías celebradas a tal distancia de la villa que obligaban a hacer noche fuera de ella.

Parece que los clérigos tampoco eran ajenos ni a la relajación de las costumbres morales ni al descuido de los ritos religiosos; por tal razón se les conmina a no participar en los actos profanos de las romerías, a no entrar en las tabernas, a vestir conforme a su estado en todas las celebraciones, y especialmente a cumplir con las obligaciones pastorales inherentes a su cargo, insistiendo en que el clérigo en la administración de los Santos Sacramentos ha de ser «… puntual, manso y sufrido, especialmente en el de la Penitencia, donde es menester mucha paciencia, pues por la precipitación y mal modo de algunos confesores consta haberse condenado muchas almas…».48

Apéndice documental

1. Contrato para la ejecución del retablo mayor de la iglesia parroquial. Año 1623
A. H. C., sec. Protocolos, leg. 4.911, ff. 8-9.

«En el lugar de Sobremaças, de la Junta de Cudeyo, Merindad de Trasmiera, a beynte días del mes de febrero del año de mil y seiscientos y beynte y tres años, en presencia de my, Juan de los Cuetos, escribano público en el número perpetuo desta Junta por su magestad, parecieron presentes Fernando de Malla, natural del lugar de Anaz, desta dicha Junta y asistente en el lugar de Ruente del baile de Cabuérniga, y Pedro Díez de la Riva, vezino deste dicho lugar de Sobremaças.

Y dixieron que porque el dicho Fernando de Malla está concertado, cobenido y ygualado con Juan González de Polanco, vecino de la villa de Suances y mayordomo de la yglesia de Nuestra Señora de las Lindes, Parroquia de la dicha villa de Suances, de hacer para dicha yglesia un retablo del alto y ancho conbeniente y traza quentrellos está concertado. Y se asentará en la dicha yglesia y le a de dar luego y acavado el dicho Fernando de Malla dentro de un año de la fecha destar puesto y fixado en la dicha yglesia a su costa, por preçio y quantía de mil y quinientos y çinquenta reales.

Y para que lo cumplirá y para más fuerça y seguridad de dicha escritura, daba por su fiador al dicho Pedro de la Riba, el cual, después de aver bisto y entendido lo que el dicho Fernando de Malla se obligaba, dixo que salía y salió por tal fiador, haziendo como haze de deuda y cosa agena y suyo propio; se obligaba con su persona y bienes abidos y por aver a que el dicho Fernando de Malla hará el dicho retablo conforme a la traza y condiciones questá tratado entre el dicho Juan de Polanco y Malla, por el dicho precio y al dicho tiempo, sin que falte cosa ninguna de lo fixado; a lo cual se obligan juntamente y cada uno yn solidun, para que, no lo cumpliendo el dicho Fernando de Malla, él, como prencipal obligado, lo hará a su costa y mensión, acudiendo con lo que restare debiendo de dicha obra al dicho Fernando de Malla.

Y pagará los costos y daños que se siguieren y recreçieren a la dicha yglesia y mayordomo, o a la persona que en el letigio por en parte por cada un día, y por estos quiere ser executado como por el mismo prençipal; y cualesquier maravedís que el dicho Fernando de Malla receviere a quenta de la dicha obra, con su carta de pago firmada de su nombre, como si yo los receviera los doy por reçevidos y bien pagados, en confianza de que conplirá con la dicha obra según está dicho, a los plaços questán puestos.

Y para que entranbos juntamente, como está dicho, o cada uno yn solidun, nos conpelan y apremyen al complimiento y paga de todo lo susodicho, damos todo nuestro poder complido a todos y cualesquier juezes y justizias del Rey nuestro señor, para que por todo rigor y bia executiba nos conpelan al cumplimiento y paga de todo lo susodicho, renunçiando, como renunciamos, nuestro propio fuero, juridisçion y domicilio, y la ley si conbenire de juridisçione omiun judiciun, y todas las demás que en nuestro fabor sean, para que en todo se execute y cumpla lo en esta escretura contenido, como si contra nosotros fuera sentenciado por sentencia defenetiba contra nosotros dada y consentida y pasada en cosa juzgada; sobre lo qual renunçiamos todos nuestros derechos y la ley que proybe la general renunçiación de leyes fecha non bala. En testimonio de lo qual otorgamos esta escretura ante el presente escrivano, con las fuerças y firmezas neçesarias a su balidaçión, siendo testigos Juan de Reyes y Agustín de los Cuetos y Juan de la Portilla, vezinos y naturales del dicho lugar de Sobremaças, y los otorgantes, que yo, el escrivano, doy fee conozco, y lo firmaron de su nombre ante mí».

2. Condiciones corregidas y traza para la reparación de la bóveda de la capilla mayor de la iglesia parroquial de Suances, por el maestro de cantería Fernando de Llar Colina. Año 1744
A. H. C., sec. Protocolos, leg. 2.869, ff. 37 y ss.

«Condiziones correxidas de las hechas para la reedificazión de el reparo de la capilla maior de la yglesia parrochial de Suanzes, son a saver:

Primeramente, es condizión que el estrivo que tiene la capilla maior de dicha yglesia a el norte se a de desmoler hasta la altura de diez y seis pies, que se contarán desde el superfizie por la parte esterior. Y hasta la altura de los referidos diez y seis pies se a de plantar y agregar un estrivo en el mismo modo que el que oy tiene, con diferenzia que este haia de tener de salida quatro pies y medio y de frente dos y medio, para maior fortaleza y seguridad de dicho estribo y capilla maior, el que se plantará buscando el zimiento seguro con su zapata y corte nezesarias hasta el superfizie de la tierra. Y de allí prinzipiará a sacar de el menzionado estribo, de dos en dos pies de cada frente, una pieza de las viejas y entrar otra de las nuebas, para liar lo uno con lo otro. Y seguirá hasta la altura referida en este mismo modo, sacando las unas y entrando las otras, cortando sus taluses, el primero a la altura de el que zircunda dicha capilla y estribo viejo, y a la altura de zinco pies otro de medio pie en toda su zircunferenzia. Y de allí seguirá hasta la altura de los diez y seis pies, liando y asegurando dicho estribo uno con otro con el maior cuidado que se pueda, y allí cortará otro medio pie sobre piedras nuebas, que estas haian de tener a lo menos quatro pies de tizón para que unan y perfizionen dicho estribo. Y de allí hasta la cornisa, en el mismo modo que está el que oy tiene.

Yten es condizión que a la altura de los referidos diez y seis pies haia de desmoler los paredones de el saliente y norte hasta coxer las quiebras que oy tiene, echando buenas ligaduras de quatro en quatro pies de alto con mucho cuidado, con la adbertenzia que dichos rompimientos se an de desmoler según arte, de conformidad que la fábrica nueba se baia liando, ziñendo y acostando sobre las paredes antiguas.

Yten es condizión que para el reparo y ruina que se manifiesta en la capilla maior se a de zimbrear, para poder sacar los cruzeros que oy manifiestan tener quiebra, afianzándolos todos con la maior propiedad y añadiendo de las claves ornazinas los ramales de cruzería que se manifiestan en la traza, para mejor adorno y seguridad de dicha capilla.

Yten es condizión que se an de desmontar todos los capuchos del material que tienen, y se an de hazer de buena toba y cal por aligerar el peso a los fundamentos de la capilla. Y que los cruzeros aian de ser de piedra mui maziza y segura de las canteras de Herrán o Zerrazo, con las molduras que oy manifiestan tener la crucería de dicha capilla.

Yten es condizión que el maestro en quien se rematare dicha obra sea de su quenta hazer la zimbra, andamios, costear clavos, sogas, tiro si se nezesitase, sacar piedra de cantería o sillería para el estribo y manpostería de las canteras de Suanzes, y para la crucería de las de Herrán o Zerrazo, como la toba en Suanzes, Tagle o donde se hallare cantera de calidad según va dicho a de ser; abrir los zimientos para el estribo hasta encontrar planta segura y firme. Y de la misma suerte a de costear el blanqueo de el casco de la capilla, como también el dar el raspado a los paredones que nuebamente se obraren, de cal buena y arena fina; como también lo a de ser el hazer el mortero para el todo de la obra, de cal y arena, echando la nezesaria, como es de tres de cal y dos de arena.

Yten es de quenta de los señores de la obra haver de poner al pie de ella todas las ataderas nezesarias, en broto o labradas, como las pudiesen haver o fuesen sus boluntades, para dicha zimbra y andamios; la cal, arena y agua para el mortero; conduzir la piedra de las canteras, y no otra cosa alguna, pues todo lo demás menesteroso hasta la conclusión de la obra que ba expresada se a de hazer, lo a de costear de la suia el maestro que con ella quedare.

Yten es condizión que el maestro en quien se rematare dicha obra la haia de dar concluida y acavada en el término de dos meses, contados desde el día de la fecha de la escriptura de fianza que a de dar a boluntad de los señores Abad y Cavildo, por quienes se a de satisfazer las cantidades en que se remataren dicha obra en tres terzios: el primero en dando la fianza y principiando a travaxar, y el segundo en llegando al cumplimiento de la reedificación de el estribo a los diez y seis pies de alto, y el último en concluyendo la obra y que se dé por buena y segura por peritos nombrados por una y otra parte; en la que no a de haver por ningún caso añadiziones algunas a lo que va menzionado, y si aconteciese el executarlas el expresado maestro, serán de su quenta y no de la de dichos señores, por quienes no se a de satisfazer más maravedís que en lo que fuese rematado.

Fue puesta por Fernando de Llar Colina, maestro de cantería vezino del lugar de Mogro, en dos mill siszientos y quarenta reales, con ziento y treinta para el refresco. Y aunque expresa que el reconozimiento de dicha obra, traza y condiziones se an de pagar por mitad, según fuesen apreziadas por dos peritos antes de la zelebrazión de el remate, como se executó en zien reales, se previene por condizión el que a de ser sólo por cuenta de el maestro en quien quedare, como también los derechos de escrivano enteramente. Y de la cantidad puesta se hizieron diferentes vaxas que ymportan ochozientos y cuarenta y cuatro reales. Y la última, que fue de dos, la hizo Bartolomé de Mijares, vezino asimismo de Miengo, en quien se zelebró el remate».

3. Decreto de la Insigne Real Colegiata de Santa Juliana para rebajar el precio de las sepulturas en la primera línea de la capilla mayor de la iglesia parroquial de Suances. Año 1742
B. M. Santander, ms. 127, ff. 122-123.

«En la sala capitular de la Ynsigne y Real Yglesia Collegial de la villa de Santillana, a quatro días del mes de henero del año de mill septezientos y cuarenta y dos, se presentó por el mayordomo de la parroquial de la villa de Suanzes un memorial por el que representaba a los señores Abad, Prior y Cabildo que las sepulturas que están en la primera línea de la capilla mayor se han pagado asta aora a quatro ducados, y las de la segunda línea questán en dicha capilla a dos, por lo que la fábrica estaba muy deteriorada. Y suplicaba a dichos señores, como patronos que son plenojure de la yglesia de dicho lugar, fuesen serbidos minorar dicha limosna, bajándola a dos ducados las de la primera línea y a quinze reales vellón las de la segunda, con lo que se animarían mucho las personas de dicha villa a pedir sepultura en la referida capilla y redundaría en notorio beneficio de dicha fábrica.

Y visto por dichos señores con toda reflexión y con la mayor justificación, ynformados de su contenido, hallando ser zierta su narratiba, determinaron unánimes y conformes el que, mediante estaba atrasada bastantemente la fábrica y que por este medio y arbitrio podía irse aumentando, desde luego consentían. Y por lo respectibo al señor Abad, que estaba ausente en la Corte y villa de Madrid, su provisor, don Pedro Pérez de Sorriba, el que en lo suzesibo todas las sepulturas de la capilla mayor que están en la línea primera, la limosna que por enterrarse en ellas se pague sea dos ducados, y quinze reales por las de la segunda línea de la misma capilla.

Pero con advertenzia que las dos principales del medio de la dicha primera línea nunca se han de ocupar, sino que han de quedar reserbadas para dichos señores si acaso subzediese fallecer alguno en dicho lugar, o para los curas vicarios sirbientes, que entonzes es voluntad de dichos señores se entierren en ellas por estar haziendo sus vezes. Y por la limosna de dichas sepulturas principales los vicarios sirbientes sólo pagarán un ducado vellón, pues es razón que los que han estado sirbiendo de curas y egerciendo el oficio que dichos señores Abad, Prior y Cabildo habían de egercer sean distinguidos de los demás. Y esta franqueza no se practicará con los demás capellanes hijos de dicha villa que no sean vicarios sirbientes, porque para estos es voluntad de dichos señores que en las dos sepulturas principales exzeptuadas de ninguna manera se les conzeda sepultura en ellas; y en las otras, si acaso quisiesen enterrarse, han de pagar como todos los demás seglares.

Y siendo costumbre muy antiquada el que los herederos de los difuntos ocurran ante distintos señores a pedir lizenzia para que se les conzeda dicha sepultura, presentando sus respectibos memoriales, como consta de los que se hallan en el archibo de dicha Real Collegiata, también lo harán desde aquí adelante. Y si por estar algo distante no diese lugar el tiempo, podrán dar dicha lizenzia los vicarios sirbientes en nombre de dichos señores, remitiendo los memoriales que las partes presentasen con su decreto a dichos señores, para que por ellos se les pueda hazer cargo a los mayordomos en sus quentas y no haya fraude en lo subzesibo. Y dichos vicarios sirbientes lo apunten en el libro de la fábrica o en otro papel donde pueda constar. Y este decreto el mayordomo actual lo hará notorio a los curas para que le obserben en lo que les toca y lo hagan saber y guardar a las demás personas de dicha villa. Todo lo cual así decretaron, determinaron y firmaron junto con el probisor del señor Abad, según costumbre, en dicha villa a diez y seis días del mes de febrero de dicho año».

4. Obra del pórtico de la iglesia parroquial. Año 1953
Archivo Parroquial de Suances. Libro de fábrica (1937-1983), fol. 21.

«El pórtico de la yglesia parroquial se hallaba en pésimas condiciones, amenazando el que se derrumbara el tejado. En vista de ello, el que suscribe, cura ecónomo de la Parroquia, emprendió una obra total de reparación, mejor dicho de nueva construcción, ya que, siguiendo los planos del arquitecto de Torrelavega don Jesús Gutiérrez, se hizo desaparecer el porche para construir un pórtico con arcos de medio punto.

Confiado en la palabra de don Jaime del Amo, persona de grandes posibilidades económicas, el que esto hace constar confió la ejecución de la obra a don Felipe Ruiz, quien se comprometió a construir el pórtico por un total de 42.500 pts. Pero el aludido don Jaime del Amo, ya la obra adelantada en parte, sin contar con el señor párroco, trajo un arquitecto de Santander, quien cambió el plan de obra, en cuyo cambio se perdió material y trabajo. En visita de inspección, el arquitecto don Jesús Gutiérrez mandó suspender la obra en vista de que no se efectuaba según los planos.

Y entonces el que suscribe, en su condición de párroco, tuvo que intervenir para hacer comprender al señor del Amo la conveniencia de hacer la obra según los primeros planos, rogando al dicho señor se ciñera a entregar la cantidad prometida. Ante su intransigencia, no hubo más remedio que tomar una actitud: la de hacer justicia al primer arquitecto, a costa de perder las 30.000 pts. que don Jaime del Amo había prometido entregar, ya que este señor llegó a supeditar su donativo a que se hiciera o no la obra según los planos que él había traído.

Como efectivamente así sucedió, ya que desde este momento, no pudiendo complacerle por mediar la actitud del primer arquitecto señor Gutiérrez, se negó a entregar más cantidades que las 10.000 pts. que había adelantado al encargado de la obra señor Ruiz; cantidad a la que el que suscribe da el concepto de compensación del material y trabajo desvirtuado e inutilizado por el cambio de obra que el señor del Amo, sin contar con el párroco ni con el señor arquitecto don Jesús Gutiérrez, había iniciado en detrimento de la obra y de su propia honradez personal.

En vista de todo esto, el arriba mencionado maestro de obras don Felipe Ruiz se comprometió a hacer la obra siguiendo los planos del señor Gutiérrez. Y mientras, el que suscribe empezó a hacer gestiones para adquirir el dinero necesario para el pago de la obra (…)».

Notas

1. AA. VV., Gran Enciclopedia de Cantabria, t. VIII, p. 115, Santander, 1985.
2. A. P. Suances. Nota introductoria al libro de fábrica de los años 1937-1983.
3. B. M. S. Ms. 127. Libro de Fábrica de la Parroquia de Nuestra Señora de las Lindes de Suances (1704-1751).
4. A. H. C. Sec. Protocolos. Leg. 4.911, f. 8-9 (vid. Apéndice Documental, n. 1). A. H. C. Sec. Protocolos. Leg. 2.869, f. 37 y ss. (vid. Apéndice Documental, n. 2).
5. A. P. Suances. Ibídem.
6. A. P. Suances. Libro de la Cofradía de San Antonio Abad (1798-1935). A. P. Suances. Libro de la Cofradía de San Antonio de Padua (1807-1935).
7. A. D. S. Parroquia de Nuestra Señora de las Lindes. Libro de Fábrica 5.008.
8. A. H. C. Sec. Pedraja, serie 3, doc. 36.
9. GONZÁLEZ ECHEGARAY, M. C., Santillana del Mar a través de su heráldica. Madrid, 1983, p. 120.
10. A. P. Suances. Libro de Fábrica (1937-1983), f. 32.
11. BUSTAMANTE GARCÍA, A., Arquitectura Clasicista del Foco Vallisoletano (1561-1640). Valladolid, 1983, pp. 540-541.
12. B. M. S. Ms. 127, f. 112 vto.
13. Ibídem, f. 42 vto.
14. Ibídem, f. 108.
15. Ibídem, f. 117 vto.
16. Ibídem, f. 22.
17. A. H. C. Sec. Protocolos. Leg. 2.869, f. 37 y ss.
18. A. H. C. Sec. Pedraja. Serie 3. Doc. 36, f. 1.
19. B. M. S. Ms. 127, f. 172-173.
20. A. P. Suances. Libro de Fábrica (1937-1983), f. 21 (vid. Apéndice n. 4).
21. Ibídem, f. 30.
22. Ibídem, f. 32. Después de entregado este estudio hemos tenido acceso a nueva documentación que da fe de la construcción de la torre en 1687, por los maestros de cantería de Güemes, Francisco y Juan de Cueto. También sabemos ahora que en 1705 se contrató con Francisco de Otero, cantero de Mogro, la construcción de tres arcos (¿los fajones?) de la nave.
23. Hernando de Malla es uno de los mejores escultores cántabros de la primera mitad del siglo XVII. Vecino de Anaz, su actividad no comienza hasta 1622 y finaliza, tempranamente, en 1637. Su formación debió de producirse dentro del obrador de sus vecinos Los Sobremazas. En 1622 acudió al remate del relicario de la iglesia parroquial de Novales; en 1623 interviene en la obra que nos ocupa, pero también en el relicario del altar mayor de la iglesia parroquial de Novales, cuya traza le pertenece. Desde 1628 y hasta 1633 estuvo al servicio de la parroquial de Miera, para la que construyó su relicario y retablo mayor. En 1633 hace una imagen de San Lorenzo con destino a la parroquia de Pámanes. Malla sigue de cerca los modelos vallisoletanos del primer tercio del siglo XVII (Pedro de la Cuadra, Gregorio Fernández…), aunque impregnado todavía de un cierto romanismo.
24. A. H. C. Sec. Protocolos. Leg. 4.911, f. 8-9 (vid. Apéndice n. 1).
25. MARTÍN GONZÁLEZ, J. J., Escultura barroca en España (1600-1770). Madrid, 1983, pp. 41-42.
26. GÓMEZ MORENO, M. E., Escultura del siglo XVII. Madrid, 1963, p. 18.
27. ESCAGEDO SALMÓN, M., Colección diplomática de privilegios, escrituras y bulas en pergamino de la Insigne y Real Colegial de Santillana. Santoña, 1927, t. II, p. 238; y Crónica de la Provincia de Santander. Santander, 1919, t. I.
28. B. M. S. Ms. 127, f. 164.
29. Ibídem, f. 171 vto.
30. Ibídem, f. 43.
31. A. P. Suances. Libro de Fábrica (1937-1983), s. f.
32. B. M. S. Ms. 127, f. 98 vto.
33. Ibídem, f. 50 vto.
34. GONZÁLEZ ECHEGARAY, M. C., Santillana del Mar a través de su heráldica. Madrid, 1983, p. 120. Una restauración actual del templo acaba de descubrir los dos arcos que aquí se citan.
35. GONZÁLEZ ECHEGARAY, M. C., Escudos de Cantabria. Santander, 1976, t. II, p. 245.
36. B. M. S. Ms. 127, f. 177 vto.
37. PÉREZ BUSTAMANTE, R., Sociedad, economía y fiscalidad en las Asturias de Santillana (siglos XIII-XV). Santander, 1979, pp. 55 y 317.
38. A. H. C. Sec. Ensenada. Libro de Respuestas. Leg. 914, f. 1-2.
39. B. M. S. Ms. 127, f. 122-123 (vid. Apéndice n. 3).
40. Ibídem, f. 164 vto.-165 vto.
41. Ibídem, f. 165 vto.-166 vto.
42. Ibídem, f. 167.
43. MANTECÓN MOVELLÁN, T., Las cofradías religiosas del arciprestazgo de Cudeyo y Ribamontán. Siglos XVII-XVIII. Memoria de licenciatura inédita.
44. B. M. S. Ms. 127, f. 157.
45. A. P. Suances. Libro de la Cofradía de San Antonio Abad, f. 2 vto.
46. A. P. Suances. Libro de la Cofradía de San Antonio de Padua, f. 2 vto.
47. A. H. C. Sec. Pedraja. Serie 3. Doc. 36, f. 1.
48. B. M. S. Ms. 127, f. 90 vto.

Siglas empleadas por los autores: A. D. S., Archivo Diocesano de Santander; A. H. C., Archivo Histórico de Cantabria; A. P. Suances, Archivo Parroquial de Suances; B. M. S., Biblioteca Municipal de Santander.

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