El Complejo de Monte La Tolle
Recreación del Complejo de Monte La Tolle a partir de los restos arqueológicos conservados en Santillán, San Vicente de la Barquera.
El complejo de Monte La Tolle es un enclave de gran valor natural e histórico en el municipio de San Vicente de la Barquera, situado en el camino que desciende hacia el pueblo de Santillán, entre encinas centenarias y antiguos muros perimetrales.
Un yacimiento del Mesolítico
En el interior de Monte La Tolle se encuentra un importante yacimiento arqueológico adscrito al periodo Mesolítico, uno de los testimonios más antiguos de presencia humana en todo el municipio, que confirma la riqueza prehistórica de esta franja de la costa cántabra.
Un paisaje de encinas centenarias
El entorno se caracteriza por sus muros perimetrales de piedra y sus encinas centenarias, que dan al lugar un aire casi legendario, formando parte del rico patrimonio arqueológico de la costa norte del municipio, junto al Castillo de Santa Cruz, las ermitas de Santa Catalina y de la Guía, y las Cuevas del Cúlebre.
Dos abrigos comunicados entre sí
El elemento prehistórico más importante del complejo son dos abrigos naturales, denominados Monte La Tolle I y Monte La Tolle II, desarrollados en una misma formación de roca caliza. Aunque exteriormente hay que rodear parte de la formación rocosa para pasar de uno a otro, los investigadores comprobaron mediante una prueba de iluminación que ambos están físicamente comunicados. La densa vegetación del encinar llegó a dificultar tanto su exploración que los arqueólogos habían desistido varias veces de investigar el interior del recinto, hasta que finalmente accedieron y descubrieron, a solo unos metros, el primer abrigo calizo.
El conchero y los primeros pobladores
En Monte La Tolle I se conservaba un conchero cementado, formado fundamentalmente por lapas y caracolillos marinos, especies que podían recolectarse en las zonas rocosas del litoral durante la bajamar. Este tipo de depósitos, característicos del Mesolítico cantábrico y de la tradición conocida como Asturiense, evidencian la explotación sistemática de los recursos marinos por parte de comunidades cazadoras-recolectoras que combinaban la costa con el interior, aprovechando moluscos, pesca, caza, madera y afloramientos de piedra para fabricar herramientas.
Los restos humanos de Monte La Tolle II
En el segundo abrigo, de menores dimensiones, se hallaron varios fragmentos óseos identificados provisionalmente como humanos: parte de una tibia, restos vertebrales y un fragmento de la bóveda craneal, este último con una lesión traumática que muestra signos de haber sido sobrevivida durante algún tiempo. Los investigadores plantearon la posibilidad de que este abrigo tuviera alguna función funeraria, pero fueron claros al señalar que no era posible confirmar ni ese carácter funerario ni la relación cronológica entre estos restos y el conchero del primer abrigo.
El gran recinto amurallado
Alrededor del encinar se documentó una importante estructura de cierre en mampostería de piedra caliza, que en algunos tramos conservados supera los dos metros y medio de altura, además de los restos de una construcción de planta cuadrangular con muros gruesos y una ventana abocinada. La función de este recinto —de unos 5.600 metros cuadrados y 285 metros de perímetro— sigue sin determinarse con seguridad: los investigadores barajan tanto un uso ganadero como una posible vinculación con alguna institución civil o religiosa, sin que ninguna hipótesis haya podido confirmarse todavía.
La leyenda de Carlos I
Existe una tradición oral, recogida entre vecinos de Santillán y Boria, que relaciona estos muros con la estancia del futuro Carlos I en San Vicente de la Barquera en 1517, como un recinto donde se habría alojado a las monturas de su séquito. Se trata de una historia atractiva, pero que los propios investigadores presentan como tradición oral sin respaldo documental ni arqueológico, no como un hecho histórico demostrado.






