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Ocaso en la Bahía de Garrera por Serafín Fernández Villazón

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El sol y el mar fuente primigenia de vida.
El mar y el sol, combinación siempre impactante.
SERAFÍN FERNÁNDEZ VILLAZÓN

Mi primer contacto con el Cantábrico fue en la más temprana niñez, cuando el abuelo José nos traía en el carro, caballo al trote, a pasar unos días a casa de la bisabuela Pilar, en Suances. Entonces empecé a admirar a la mar, fuente primigenia de la vida, y actual vía de comunicación, de
negocio, de intercambio o de solaz.

Mucho se ha escrito sobre el mar –la mar, en femenino, como la llaman los marineros-, la salida y la puesta del sol. Hoy vas a permitirme que te hable de un raro fenómeno físico que se produce en contadas
ocasiones y que –a los que admiramos la naturaleza- nos llena de paz interior y de gozo por su contemplación. Fenómeno que tenemos la suerte de poder disfrutar en nuestra región de Cantabria.

Desde mi comedor, sobre la bahía de Suances, en la Punta del Torco, disfruto de una privilegiada vista de la salida del Sol, que se va trasladando desde la cercanía de la Punta del Cuerno en el solsticio
de verano, hasta un poco más allá de la barra que señala la entrada a la Ría de San Martín de la Arena, desembocadura del río que se forma al unirse el Besaya con el Saja en la cercana Torrelavega,
situación que el sol ocupa en el solsticio de invierno. Con el pico Llen y la montaña pasiega al fondo. Una maravilla de colores, de sonidos, de olores marinos, siempre iguales, siempre diferentes. Los pájaros que han pernoctado en los humedales del interior de la ría comienzan a salir a recorrer sus rutas de migración. Los barcos se dirigen a los caladeros. Comienzan los ruidos de la actividad humana en el caserío suancino. El día apunta bien. No puede ser de otra manera con este espectáculo gratuito, maravilloso, edificante. Y si el día está nublado y el mar enfurecido, veo golpear las olas sobre la Punta de Afuera, levantando murallas de decenas de metros, rompiendo con fuerza sobre el muro y la barra, inundando la playa de La Concha, saltando por encima de la isla Cabrera, conocida como isla de Los Conejos y con el Sol intentado romper las nubes que lo tapan, dejando ver un rayo aquí, iluminando un prado allá, formando un arco iris un poco más alejado.

Pero si magnífica es la salida del sol, no menos lo es el ocaso, del que puedo disfrutar desplazándome escasos cincuenta metros, cruzando la carretera del Faro y el aparcamiento de la playa Garrera, conocida desde tiempos inmemoriales como de “Los Locos” por su peligrosidad, dejando El Caserío a la derecha y El Castillo a la izquierda, dos establecimientos señeros representativos de la magnífica hostelería de la localidad. Ha de decirse, que la playa sigue siendo peligrosa, pero que gracias a la permanente presencia
de surfistas aprovechando sus olas, hace años que no tenemos que lamentar desgracias en este arenal. Surfistas cuya contemplación merecen también un rato reposado. Lo mismo en verano que en invierno, embutidos en sus trajes de goma, se introducen mar adentro, esperando la ola adecuada para cabalgarla hasta la orilla. Y vuelta a entrar mar adentro. Además de cuidar de los bañistas, procuran la limpieza de la playa, avisan de troncos arrastrados por las mareas, te informan de corrientes, mareas, temperatura del agua y técnicas de surf y natación. Sin contar con las clases que, sobre todo en verano, llenan de color y de gritos juveniles la costa.

Nos asomamos al mirador sobre la playa. A nuestra izquierda, en Sogerra, las instalaciones del Club Deportivo y Social Suances, en una magnifica pradera. Tras ellas, los Picos de Europa destacando
sobre el horizonte y un poco más introducido en el mar, Punta Ballota. A nuestra derecha, la Roca Blanca, en la Punta del Dichoso, la zona más al norte del municipio. Y enfrente, el Sol, acercándose a la lámina
de agua, tiñendo el mar, el cielo y las nubes de miles de colores naranjas, rosados, púrpuras…

Un espectáculo relajante, que nos muestra las maravillas de las que podemos disfrutar en nuestro mundo. Gratis, todos los días, sin grandes desplazamientos, sin agobios… Docenas de personas se agolpan en el mirador y sobre los acantilados para disfrutar de la vista.

A veces, al final del ocaso, se puede contemplar en el horizonte un breve destello en la parte superior del Sol. Se trata de un fenómeno óptico muy poco habitual, conocido como rayo verde. Este impresionante espectáculo se produce porque el aire de las capas bajas de la atmósfera, más denso, actúa como un
enorme prisma que refracta la luz, un efecto que se intensifica con el aumento de la temperatura y con el efecto de refracción del agua del mar. Al pasar a través de ellas, los rayos de sol se curvan hacia
abajo y se “despliegan” en sus distintas longitudes de onda. Las zonas de luz roja del espectro se inclinan más hacia abajo y las azules y verdes más hacia arriba, desde nuestro punto de vista, observadores privilegiados. Cuando el astro desciende, durante un momento los rayos rojos ya se han ocultado, pero no así los azules y verdes. Si los azules si dispersan en la atmósfera, podemos contemplar un breve destello de un verde purísimo, que no tarda en desaparecer.

No todos los ocasos permiten ver el rayo verde. Es necesario que la atmósfera esté limpia, sin nubes ni neblinas, sin vapores de ningún tipo, que el mar esté tranquilo (como un plato) y que tengamos
la paciencia de esperar sin pestañear al momento justo en que el fenómeno se produce. Sin que el dolor de mantenerlos abiertos, o alguna lágrima inoportuna nos bloqueen la visión. Pero si logras verlo, eres afortunado. Y querrás volver a disfrutarlo. Son, insisto, las pequeñas cosas que la vida y la naturaleza
nos regalan, que nos aportan relajación, paz, alegría, añoranza de las cosas sencillas. Y que nunca se olvidan. Como el primer beso, como el primer hijo, como el primer sueldo ganado con tu sudor. Nunca
olvidarás ese verde esmeralda que durante un instante has logrado divisar en el horizonte.

Hemos dejado al Sol ocultándose tras el mar. El cielo comienza a oscurecerse y a confundirse con el agua, los sonidos se hacen más claros, una suave brisa comienza a soplar en dirección a tierra y Venus, la primera estrella, aparece en el horizonte. Y yo después. Me di la vuelta y me vine a contártelo.
Pero si te has quedado con ganas y quieres disfrutar de una mejor pluma, te recomiendo la novelita de Julio Verne, con un trasfondo amoroso, que se titula precisamente EL RAYO VERDE.

… a la orilla del terrible y encantador
mar Cantábrico -¡mi mar!

(Rafael Barret –periodista torrelaveguense)

Un hombre debe siempre añorar el mar.
(Charles Baudelaire –poeta francés)



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